Cuando la IA empieza a leer lo que no decimos: ¿qué pasará con la mediación?

Por Alberto Elisavetsky para ODR Latinoamérica – Odrla.com

Durante años, quienes trabajamos en mediación aprendimos que nuestra tarea no consiste solamente en escuchar palabras.

Escuchamos silencios.

Observamos gestos.

Prestamos atención a una vacilación, a un cambio en el tono de voz, a una pausa demasiado larga o a una respuesta que parece no coincidir con la emoción que la acompaña.

La mediación siempre trabajó con lo que se dice y también con lo que no se dice.

Pero la inteligencia artificial está comenzando a llevar esta capacidad a una dimensión completamente diferente.

El Instituto Weizmann de Ciencia, en Israel, desarrolló Brain-IT, un modelo de IA capaz de reconstruir imágenes observadas por una persona a partir de registros de actividad cerebral obtenidos mediante resonancia magnética funcional.

Algunos investigadores hablan, de manera provocativa, de una nueva forma de “lectura de la mente”.

Conviene aclararlo: Brain-IT no sabe qué piensa una persona.

No puede determinar qué quiere negociar, qué está dispuesta a conceder o por qué está enojada con quien tiene enfrente.

Pero sí representa algo extraordinariamente significativo: la IA comienza a construir puentes entre señales biológicas humanas y representaciones comprensibles para una máquina.

Y ahí aparece una pregunta que hasta hace muy poco parecía ciencia ficción:

¿Qué ocurrirá cuando la tecnología pueda inferir aspectos relevantes del conflicto que las propias partes decidieron no expresar?

Los mediadores ya trabajamos permanentemente con diferentes capas de comunicación.

Una persona puede decir:

“No tengo ningún problema con esa propuesta.”

Sin embargo, su tono de voz, su expresión o su conducta pueden sugerir otra cosa.

El mediador percibe esa contradicción.

Pregunta.
Reformula.
Explora.
Genera confianza.

Y finalmente sigue siendo la propia parte quien decide cuánto quiere revelar.

Esa frontera es fundamental.

La IA podría modificarla

Hoy ya existen sistemas capaces de analizar lenguaje, tono de voz, expresiones, patrones conversacionales, tiempos de respuesta y enormes cantidades de información contextual.

Ahora comienzan a aparecer investigaciones capaces de reconstruir información asociada a la propia actividad cerebral.

Mañana seguramente aparecerán nuevas combinaciones.

No significa que próximamente vayamos a mediar conectados a un escáner cerebral.

El verdadero cambio es mucho más profundo:

las máquinas pueden inferir cada vez más información sobre nosotros sin necesidad de que decidamos expresarla.

Y eso toca directamente algunos de los principios esenciales de la mediación.

¿Puede existir confidencialidad sobre algo que nunca dijimos?

Tradicionalmente pensamos la confidencialidad respecto de la información que una persona revela durante el proceso.

Pero ¿qué ocurre cuando esa información no fue revelada, sino inferida por un algoritmo?

Imaginemos un sistema de negociación capaz de determinar, con elevada probabilidad, que una persona aceptaría una determinada cifra.

La persona jamás lo expresó.

El sistema lo dedujo.

Entonces aparecen nuevas preguntas:

  • ¿Puede el mediador utilizar esa información?
  • ¿Puede conocerla la contraparte?
  • ¿Debe conocerla solamente la IA?
  • ¿La persona tiene derecho a saber qué se ha inferido sobre ella?
  • ¿Puede pedir que esa información sea eliminada?

Quizás tengamos que comenzar a distinguir entre dos categorías:

Datos proporcionados y datos inferidos.

Y posiblemente ambos necesiten protección.

El derecho a no ser interpretado por una máquina

Uno de los pilares de la mediación es la autodeterminación.

Las personas conservan el control sobre sus decisiones.

Pero quizás debamos incorporar otra dimensión:

el derecho de las personas a decidir hasta qué punto aceptan ser interpretadas algorítmicamente.

No toda información que técnicamente puede obtenerse debería necesariamente utilizarse.

Podríamos comenzar a hablar de un nuevo principio:

El derecho a la opacidad algorítmica

Es decir, el derecho de una persona a conservar determinados espacios internos fuera del alcance de los sistemas de inteligencia artificial utilizados durante una negociación o una mediación.

Porque existe una enorme diferencia entre que un mediador observe una reacción y que un algoritmo construya silenciosamente un perfil utilizando cientos o miles de señales que el participante ni siquiera sabe que está proporcionando.

¿Más información significa mejores acuerdos?

Es probable que estas tecnologías aporten herramientas extraordinarias.

Un sistema podría ayudar a detectar una escalada emocional.

Identificar patrones comunicacionales destructivos.

Advertir cuándo una propuesta genera rechazo.

Señalar contradicciones.

Incluso sugerir mejores momentos para formular determinadas preguntas.

Pero aquí aparece una advertencia fundamental:

La mediación no consiste en extraer la máxima cantidad posible de información de las personas.

Consiste en crear las condiciones para que puedan gestionar su conflicto y tomar decisiones informadas, voluntarias y autónomas.

Un acuerdo obtenido porque una máquina descubrió las vulnerabilidades ocultas de una persona quizá sea muy eficiente.

Pero deberíamos preguntarnos:

¿Sigue siendo mediación?

El mediador del futuro también administrará inferencias

Durante muchos años hablamos de competencias comunicacionales.

Después incorporamos competencias digitales.

Hoy necesitamos competencias vinculadas con inteligencia artificial.

Pero probablemente aparezca otra:

la capacidad de administrar inferencias algorítmicas.

El mediador deberá comprender:

  • qué detecta una plataforma;
  • qué información procesa;
  • qué conserva;
  • qué conclusiones produce;
  • quién puede acceder a ellas;
  • y, sobre todo, qué información no debería utilizar aunque tecnológicamente esté disponible.

Desde ODR Latinoamérica venimos trabajando sobre el Modelo Centauro, donde la inteligencia artificial amplifica las capacidades profesionales sin necesariamente sustituir al mediador humano.

Cuanto mayor sea el poder de la tecnología, mayor deberá ser también la responsabilidad ética de quien la utiliza.

La pregunta que viene

Brain-IT todavía está lejos de leer nuestros pensamientos.

Pero su importancia para quienes trabajamos en resolución de conflictos quizá no esté solamente en lo que puede hacer hoy.

Está en la pregunta que nos obliga a formular para mañana.

Durante siglos nos preguntamos:

¿Qué quieren decir realmente las partes?

La inteligencia artificial comienza a colocarnos frente a otra pregunta:

¿Cuánto tenemos derecho a saber de aquello que las partes decidieron no decir?

La primera pregunta pertenece a la historia de la mediación.

La segunda puede formar parte de su futuro.

Y quizá el mediador de la próxima década ya no tenga solamente que proteger la palabra y el silencio de quienes participan en un conflicto.

Tal vez también tenga que protegerlos de todo aquello que una máquina sea capaz de inferir de ese silencio.

Alberto Elisavetsky

ODR Latinoamérica | Odrla.com

#Mediación #InteligenciaArtificial #ODR #ResoluciónDeConflictos #MediaciónDigital #IA #ÉticaDigital #Negociación #OnlineDisputeResolution #ODRLatinoamérica

Votos 0
Enviadme un correo electrónico cuando las personas hayan dejado sus comentarios –

¡Tienes que ser miembro de ODR LATAM para agregar comentarios!

Unirse ODR LATAM

Tutorial para registrarse

ODRLA.COM

FIMEP 2024

 

 

 Un espacio académico y de investigación en la articulación de las Nuevas Tecnologías y la Resolución de Conflictos

 

Temas por etiquetas

Archivos mensuales